Esto es lo que sé de Barranca.

Mari querida:
Me dedico a un color bermejo, muy escarlata,
como mi sangre de hombre en plenitud
y, por lo tanto, me dedico a mi sangre
Clarice Lispector
Es difícil para mí escribir sobre la tierra donde nací. A veces me lleno de muchas imágenes
y sensaciones que quisiera perpetuar en la memoria y en las páginas, pero muchas de estas
se me escapan al olvido —y por algo así creo que tendré que escribir permanentemente y
abrir siempre los mismos álbumes de fotos que reposan en el gabinete de mi casa—. Esta es
prácticamente la primera vez que escribo sobre Barrancabermeja y, sobre todo, una carta
para alguien que no la conoce en lo absoluto. Pero incluso a mí me ha sido imposible
conocerla del todo.
Tal vez cuando los primeros españoles llegaron a estas tierras, creyeron que no tenían
mucho que ofrecer y no vieron en ellas más que unas barrancas del color de la sangre,
bermejas como fruto del calor que se hunde en lo profundo de la tierra. Sin embargo, a mí
me sigue gustando mucho ese último nombre que adoptó esta extraña ciudad: el nombre de
una tierra que recuerda el color de sus heridas. Y digo ciudad extraña porque es un lugar
híbrido, mezclado con el alma de muchos pueblos. En una ocasión le escuché decir al
escritor Nahum Montt que Barranca está en el limbo, en un no lugar: políticamente le
pertenece a Santander, pero mucha gente de acá ve también al Cesar, Bolívar y Antioquia
mucho más cerca del corazón. En realidad Barranca le pertenece al río Magdalena, al río
Yuma, al largo cauce de agua que hizo posible que la gente proveniente de distintas
jurisdicciones se uniera.
Decir que en Barranca no hace calor es pretender tapar el enorme y quemante sol con un
solo dedo. Sin embargo, me atrevo a decir que no es el lugar más caluroso de Colombia.
No viene en vano salvaguardar la condición climática de Barranca bajo la ley de la
relatividad: si en pleno verano alto no estás resguardada bajo una buena sombra, no tienes
un vaso de agua bien helada ni un ventilador a la mano, puede volverse el rincón más
caliente de la Tierra (todo lo anterior sugiere que, en efecto, sí hace demasiado calor y que
yo, como nativa, me esmero por hacerla quedar bien climáticamente). A veces me he
sentido sofocada en medio de un aire caliente irrespirable (¿es posible estar en medio del
aire?). La primera vez que leí Pedro Páramo, justo cuando Juan Preciado habla sobre el
aire de Comala, pensé en Barranca…y sonreí: puede que haya sido esta increíble habilidad
de exagerar siempre todo, pero estoy segura de que todo barramejo cuando muera (la
verdad no me gusta para nada este gentilicio; prefiero decir ‘barranqueño’) regresará del
infierno por la sábana que dejó bajo la almohada (cabe aclarar que no quiero condenarlos a
todos en el infierno). Entonces, la primera vez que vengas te vas a morir del calor. Y vivirás
para contarlo. Creo que por el hecho de haber crecido acá ya sé vivir el calor. La alta
temperatura es debida a la escasa presencia de corrientes considerables de viento, de brisa
huracanada que barra las hojas de la calle y al altísimo porcentaje de humedad. Y aunque
no lo creas, hay días, muy pocos al año pero los hay, en que no hace calor. Yo amo que
llueva a cántaros en Barranca, pero no las lloviznas repentinas y cortas que solo levantan el
bochorno.
Y de llegar a darse el caso, ¿cómo es Barranca cuando no hace calor?: los gatos salen a
tomar el sol al mediodía, ves a algunos perros dormir plácidamente panza arriba, no hay
afán por esperar el transporte bajo la sombra, lo primero que haces al llegar a almorzar no
es prender el ventilador, la ropa mojada que colgaste en la madrugada aún no se ha secado,
escuchas a todo el mundo decir “si todos los días fueran así”, la gente permanece sentada
en la puerta de la calle, algunas personas cantan mientras conducen, todas las bancas de los
parques están ocupadas por perros o por personas, y te detienes a mirar por más tiempo el
atardecer mientras caminas de regreso a casa.
Hay un lugar al que nunca he logrado entrar pero sé que algún día lo haré porque siempre,
desde pequeña, he querido hacerlo. Se llama La Scala de Milán, “el mejor ambiente para
conversar y una vieja melodía disfrutar”, reza su artesanal letrero, acompañado con la
imagen de un gramófono. Es una casa vieja de paredes blancas, puertas marrones y un
techo de zinc coronado por un árbol de mango que brota de su interior. Esta cantina con
aroma de antaño es circundada por personas mayores, gran parte de ellas de cabezas
encanecidas. Desde afuera se pueden observar sus sillas y mesas de madera dispersas,
cuadros de antiguos rostros olvidados y plantas que crecen en la sombra. Como dije, nunca
he entrado, pero en varias ocasiones la he visto muy de cerca, he acariciado su entrada con
mis pasos indecisos rumbo hacia la funeraria ubicada justo al lado. Así es, supe de esta
cantina por las veces —que han sido pocas— en que la muerte se ha llevado a familiares o
a amigos cercanos o conocidos lejanos. (Ahora que reviso la página web de la funeraria, me
parece terrible encontrar entre sus servicios la “velación virtual”. Qué manera tan trágica de
no dejar que el muerto descanse en paz…sería una pesadilla figurar como un fantasma
cibernético, víctima de la morbosidad y, por qué no, de la desacralización de la muerte
auspiciada por sus familiares en la distancia).
Hace unos años murió un integrante de la familia, se llamaba Jorge, y a él lo velaron justo
en la funeraria de al lado. Esa vez yo no pude asistir porque me encontraba en Bogotá, pero
me dijeron que mi tío Tico y mi padrino se escaparon de aquella sala atestada con flores
que solo olían a muerte y se refugiaron en La Scala de Milán. Como era de esperar, mis
tías, furiosas, al rato fueron a sacarlos. Pero de haber estado en esa ocasión yo habría
entrado con ellos y, en cambio, no sentiría que con ir allá traicionaba la memoria del
muerto. Esta cantina es una invitación para estar serenos antes de recibir a la Muerte. Beber
y conversar, escuchar y entonar boleros añejos para aplacar el silencio de Dios (Esto me
recuerda a un verso de Andrea Cote). A mí me gustan mucho las canciones de Garzón y
Collazos, y sé que allá, en aquella casa vieja, hacen vibrar sus notas con la aguja del
gramófono.
Volver a vivir en Barranca, luego de cuatro años en Bogotá, fue, al principio, algo
desconcertante. Pues ya no estaba la gente con la que había crecido, me refiero a todos mis
amigos (que son pocos) que hice en mi larga época del colegio. Al igual que yo, decidieron
irse a otras ciudades para continuar sus estudios profesionales. Muchos de ellos se quedaron
del todo, otros tantos regresan en vacaciones. Ya no soy esa persona que regresa, ahora
todo el tiempo estoy acá (sé que mi destino es moverme y renovarme con la materia de
nuevos paisajes. Mi sueño es estar felizmente dispuesta a trazar nuevos caminos como
rayas de tigre —sí, déjame hacerle un inevitable guiño a Gómez Valderrama—). Tampoco
están mis inolvidables amigos de la universidad, como tú, Mari, para visitarte y también
adjudicarme, con tu auspicio, el título de hija adoptiva de tus queridos padres (pero eso
sería pretender que Bogotá fuera Barranca, ¡grave error!). Viajar me parece una necesidad
primordial, para siempre ver con nuevos ojos la tierra que uno deja. Ya no soy aquella
estudiante que se acostaba a las dos de la mañana y que los fines de semana dormía hasta el
mediodía. Ya no soy esa apática a la actualidad política de Barranca. Ahora soy alguien
(siempre he sido alguien) que trabaja, que paga impuestos, que sabe cómo es el cielo de
Barranca a las cinco de la mañana y que se preocupa y angustia por el destino de la ciudad
que habita. También he sabido apreciar más el tiempo que comparto con mi familia (a
veces, al viajar, aflora un leve miedo de no volverlos a ver cuando regrese). Ahora invito a
mi mamá a salir a comer.
La soledad me obligó a aprender a estar sola, y a disfrutarlo. Entonces la Barranca que vivo
ahora es la Barranca de la soledad, del disfrute o hastío individual a dondequiera que vaya.
Me enseñó a no siempre depender de alguien y a valerme por mí misma. Ahora me conozco
más que nunca. He sabido moverme (sin mezclarme hasta la indistinción) entre masas de
adultos que ya están adheridos a la tierra que pisan y que pagan seguros de vida por temor a
que siempre pueda pasar una calamidad. Aquello que más temía ahora hace parte de mi
rutina: salir a comer sola (por cierto, he descubierto asombrosas opciones para salir a
comer), ir a cine sola, salir a trotar sola (aunque está actividad depende más de mi pereza y
su disposición para dejarme hacer ejercicio). Pero solo así he podido ver cosas que antes,
por estar acompañada, ignoraba.
A unas cuatro calles de mi casa hay un colegio público que se llama “José Antonio Galán”
y en toda su esquina, bajo un árbol frondoso, se sientan SIEMPRE cinco ancianos en torno
a una mesa a jugar parqués. Me encanta ver sus rostros jocosos, convencidos de que todo
estará bien. Y esa es la única razón por la que procuro tomar ese trayecto cuando voy
caminando hacia mi casa, muy a pesar de la turbamulta de estudiantes que esté saliendo de
clases. El barrio donde vivo se llama “Pueblo Nuevo”, nombre que particularmente me
encanta: es como si la oportunidad de crecer y sorprender nunca se agotara. Desde que
empecé a trabajar en el colegio, camino dos cuadras para esperar la ruta en una esquina; y
en ese trayecto me detengo siempre en una casa para acariciar a través de las rejas a una
cocker spaniel que por su ternura me recuerda a Lolita. Al lado hay un taller de soldadura
que se llama ‘Santa Claus’: es muy pequeño y está lleno de trastes oxidados dispuestos en
desorden. Su dueño es un señor veterano, alto y flaco, con una barba larga, blanca y espesa
(la razón del nombre del taller). Pero él es más bien una versión rebelde de papá Noel:
siempre viste jeans rotos, unas gafas tipo harlista y usa en su cabeza una pañoleta a lo Axel
Rose.
Ahora en Barranca no se puede ver un eclipse de luna. Lo único que vi el 27 de septiembre
fue el indicio de un resplandor cubierto por nubes cenicientas. El recuerdo más vívido que
tengo sobre un eclipse lunar fue cuando estaba pequeña, tendría unos 7 años. Y caminaba
agarrada de la mano de mi mamá y detrás de mí, una enorme luna amarilla del tamaño de
un globo que no dejaba de perseguirme. Jamás volví a ver una luna así. Extraño los cielos
nocturnos despejados, cuando podía ver las estrellas y contarlas hasta perder la cuenta.
Siempre me creía afortunada cuando veía un lucero y no se lo contaba a nadie, para que
solo yo pudiera pedir un deseo. Es una de las cosas que extraño de Barranca, la vieja.
Para mí Barranca nunca ha sido la ciudad del petróleo, sino la ciudad-pueblo del sol, de un
anchuroso río, de ciénagas, de hierba verdosa, de ceibas enormes que proveen de sombra a
los merodeadores de los parques, de iguanas (que son las palomas de la ciudad), micos,
garzas, babillas y gavilanes. Lástima que de este paisaje edénico que recreo queda muy
poco. Pero al menos esa sería la postal que yo mostraría de Barranca, y no la de un Cristo
Petrolero incrustado en las aguas espesas de una ciénaga pestilente, contaminada por la
refinería que se ve iluminada al fondo.
Bueno, Mari, por ahora eso es todo lo que te cuento sobre Barranca, porque si me quedo
siempre esperando a que pase o me acuerde de algo que crea pertinente decirte, jamás
terminaré de escribir esta carta). Escribirte sobre mi tierra me ayudó también a reflexionar
sobre cosas que, de momento, no tenía claras, y también me ayudó a recordar otras que ya
había creído olvidar.
Te quiere y te extraña,

Jessica Chiquillo Vilardi

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